Escobar antes de Zipi y Zape: sus chistes durante la Guerra Civil [Kaosenlared.net]



Por Valencia Plaza
 Tuvo el mérito de, en la posguerra española, en los años más duros del franquismo y su censura, hacer que uno de los personajes más populares del tebeo fuese un vagabundo muerto de hambre. Había salido de la cárcel por su vinculación política como dibujante durante la República y la Guerra Civil y, pese a eso, representó en un personaje infantil la situación en la que vivía la mayor parte del país en una época de privación, limitaciones y hambre.
Ese personaje, Carpanta, creado en 1947, y Zipi y Zape, aparecidos un año después, dominaron la historieta española hasta finales de los 70 y fueron leídos por varias generaciones. Como apunta el especialista en cómic y literatura popular Joan Manuel Soldevilla, hubo familias en las que los abuelos, los padres y los hijos leyeron Zipi y Zape de niños.
Todos estos méritos han sido de sobra
reconocidos, sin embargo, hay una época de Escobarque permanece en el olvido. Son sus obras anteriores al franquismo. Empezó a dibujar con 15 años en el Diario de Granollers y llegó a publicar en revistas burguesas, católicas y conservadoras como En Patufet (1904-1938) al mismo tiempo que en satíricas, como en Papitu (1908-1937), que tuvieron problemas durante su existencia con la censura por las escandalosas referencias sexuales que contenían sus páginas. Aunque la manutención le llegaba por la plaza que obtuvo como funcionario de Correos.

Militó en el Sindicato de Dibujantes Profesionales y en el año 36 comenzó a colaborar con L’Esquella de la Torratxa, un semanario satírico, republicano y anticlerical, uno de los que más exitosos. Escobar estaba haciendo chistes sobre la Olimpiada Popular que se iba a celebrar en Barcelona cuando le sorprendió el estallido de la Guerra Civil tras el golpe de estado del 18 de julio.
En el periodo inicial de la contienda, Escobar de lo que más hizo gala fue de su antimilitarismo. Uno de los primeros chistes empezada la guerra retrataba a un soldado con las flechas de Falange clavadas en el culo y la leyenda «quien con niño se acuesta…». Retrató a muchos militares borrachos, se mofaba de los que tenían medallas por «retiradas heroicas» o subrayaba su cobardía en una viñeta en la que un asistente recogía unos pantalones que olían presumiblemente a excrementos y deducía: «Vaya, el general ha entrado en combate».
En la Nochebuena del 36, dibujó una portada de Navidad con un ángel anunciando «Paz a los hombres de buena voluntad» y añadía debajo «Y guerra hasta vencer a los hombres de mala voluntad».

Describió el «ideal fascista» en otra viñeta como Dios -sacas de dinero-, Patria -una mujer encadenada- y Rey -un látigo-. Había alusiones indirectas a las tropas africanas de Franco, con por ejemplo un chiste en el que Dios y Alá, armados, se dan la mano y dicen: «Los dos queremos la esclavitud del pueblo». También criticó a los que adoptaban una postura tibia frente al conflicto o, probablemente, a la posición de las democracias europeas que no ayudaron a la República y estuvieron de acuerdo en establecer el Comité de No Intervención; para todos ellos dibujó a  con un funámbulo sobre una cuerda y en el texto puso: «O se es fascista o antifascista».
Destacaron también sus burlas sobre el estado de las tropas enemigas. A las noticias de que una «nutrida» columna del bando rebelde había salido para Madrid, él contestaba con un chiste de traducción simultánea: «que comían una lata de sardinas al día». En otras viñetas de humor gráfico trataba de subir la moral, por ejemplo, mofándose de los requetés con uno a la carrera con un soldado republicano persiguiéndole que piensa al huir: «Se han olvidado de darnos el escapulario del Detente bayoneta», en referencia a los Detente Bala que llevaban junto al corazón especialmente las tropas de obediencia carlista.
Durante los primeros meses de la guerra, el semanario estuvo en poder de la CNT, pero desde octubre cayó en manos de la UGT. El sindicato socialista puso su dirección a cargo del Sindicato de Dibujantes Profesionales y durante la guerra la orientación de los chistes fue claramente antifascista, pero también muy crítica con Companys y los cenetistas. Sobre todo después de los sucesos de mayo, en los que comunistas y anarquistas se enfrentaron a tiros en las calles de Barcelona. Muchos de los chistes, por ejemplo, eran contra el Comissariat de propaganda de la Generalitat en una estrategia por hacerse con su control.

La posición de Escobar en este sentido tuvo que ser compleja. En septiembre del 36, había firmado él la portada del semanario con un miliciano de la UGT y otro de la CNT dados de la mano con el texto: «El arma al hombro y las manos bien apretadas».
Según Fernando Diaz-Plaja, el éxito de L´Esquella durante la guerra se debió: «tanto su sátira contra los enemigos del otro lado de la trinchera, como su ironía con quienes oficialmente eran sus aliados, es decir, los miembros de la CNT-FAI. L´Esquella se dirigía preferentemente a un público mesocrático catalán que, aunque liberal y autonomista y por tanto en principio enemigo de la dictadura militar de Franco, se resentía de las actividades revolucionarias de la extrema izquierda».
En el marco de estos enfrentamientos intestinos, hay un chiste de Escobar que le alinea con las tesis socialistas y comunistas, las del gobierno de Negrín, a cuyo servicio estaba la UGT, cuando un caballero acude a la estación y pregunta «¿Cuál es la consigna?» y le responde el ferroviario: «Ejército Popular y mando único». Aunque a partir del inicio de las hostilidades entre comunistas y anarquistas, gobierno de la República y Generalitat, sus chistes van desapareciendo de la publicación, lo que coincide con su ingreso en Hispano Grafic Films.


Por una conferencia que dio el escritor Pere Calders en Buenos Aires en 1942 sabemos cómo se fabricaba aquel humor de guerra: «Las reuniones para la confección de cada número del semanario eran compartidas por los dibujantes y redactores que elaboraban conjuntamente una lista de temas de actualidad al calor de la conversación, iban saliendo chistes y ocurrencias de todo tipo eran seleccionados por aclamación Finalmente, se repartían los chistes entre los dibujantes de acuerdo con la adecuación al estilo de cada uno».
El humor crítico del semanario al estar dirigido también contra los que se tomaban la justicia por su mano en la retaguardia acabó siendo la fórmula de su éxito en aquellos años convulsos. Así lo expresó en un estudio Francesc Foguet, profesor de la Universidad Autónoma de Cataluña: «el semanario humorístico funcionó con vida propia sin la tutela del sindicato -absorbido por otras preocupaciones- y ganó mucha popularidad debido a la ridiculización incisiva de las actitudes de los incontrolados o los excesos revolucionarios en la retaguardia urbana. Las coacciones que recibían, muy probablemente de los sectores anarcosindicalistas más radicales, obligaron a los miembros de la redacción a armarse con pistolas y bombas de mano. A raíz de los sucesos de mayo, la sede de L’Esquella de la Torratxa corrió el peligro, incluso, de ser asaltada. A medida que los dibujantes fueron movilizados, el semanario perdió efectivos y empuje, si bien se mantuvo mientras duró la guerra».
Al final de la conflicto, Escobar fue detenido y encarcelado en la Modelo acusado de «rojo y separatista». Contó Manuel Espín en la revista El Siglo que la justicia franquista no pudo disponer de todos los ejemplares de L´Esquella, lo que le hubiera costado la ejecución. Le cayeron seis años, aunque cumplió menos. Es sabido que en prisión siguió dibujando caricaturas de sus compañeros de desdichas, los demás presos, hombres esperando el fusilamiento o personas desesperadas con situaciones familiares espantosas en los terribles años 40.
Cuando fue liberado al año y medio, Escobar había perdido su plaza de funcionario de Correos, pero no tardó en idear a Zipi y Zape y Carpanta, personajes históricos del tebeo español donde la crítica era la misma, pero dispuesta en cargas de profundidad. En algunos casos, como con su serie Doña Tula, suegra, la censura le suspendió el personaje por «atentar contra la unidad del matrimonio». En 1988, declaró en El País: «Si algo tengo que agradecerle a Franco, es que me expulsara del Cuerpo de Correos porque entonces no me quedó más remedio que dedicarme enteramente a las historietas».



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